El automóvil tuvo su Plan PIVE. Los electrodomésticos tienen su Plan Renove. El mueble no tiene nada.
#ElSectorSinFiltros
El automóvil tuvo su Plan PIVE. Los electrodomésticos tienen su Plan Renove. El mueble no tiene nada.
El automóvil español, cuando se hunde, tiene un plan de choque a los tres meses. Los electrodomésticos tienen un mecanismo asentado —gestionado entre el IDAE, el Ministerio de Industria y las comunidades autónomas— que se reactiva prácticamente cada año en una u otra región, con subvenciones de entre 100 y 300 euros por aparato para quien renueve nevera, lavadora o placa de inducción.
El mueble y el descanso, que ocupan literalmente más horas de la vida de una persona que su coche o su nevera, no tienen ningún mecanismo equivalente. Ni lo hemos pedido con una sola voz, porque no tenemos una sola voz.
Los números no cuentan la historia que nos gustaría contar
En 2025 la producción de mobiliario en España alcanzó los 4.779 millones de euros, un crecimiento del 3,4% que superó incluso al del PIB nacional, situado en el 2,9%. Fue la primera vez desde 2021 que el sector creció por encima del conjunto de la economía. Todos los subsectores empujaron: el mueble de oficina lideró con un 7,8%, seguido del de baño, hogar, cocina y tapizado.
Es una buena noticia que casi nadie fuera del sector conoce. Y ahí está parte del problema.
Porque el mismo informe que certifica ese crecimiento certifica también nuestra fragilidad estructural: el 87,5% de las empresas del sector son microempresas, y entre todas apenas concentran el 18,7% del volumen de negocio. Somos muchísimos actores pequeños generando una parte relevante de la facturación total, y eso —que en otros sectores se ha convertido en fuerza de negociación colectiva— en el nuestro se ha convertido históricamente en fragmentación de intereses.
Por qué a nosotros nos cuesta más que a otros
No es casualidad que los sectores que consiguen planes de estímulo compartan una característica: tienen pocos interlocutores grandes, o muchos pequeños que hablan a través de una patronal con mandato real. El automóvil tiene un puñado de fabricantes y una asociación (ANFAC) con despacho permanente en Madrid. Los electrodomésticos tienen una decena de marcas fuertes y una interlocución clara con el Ministerio.
Nosotros tenemos miles de fabricantes, miles de comercios y miles de comerciales multicartera repartidos por toda España, compitiendo a menudo entre sí en el mismo código postal. La fábrica de Ourense recela de la fábrica de Valencia. El comercio de la calle de al lado recela del suyo. Y el comercial que representa cinco marcas recela del que representa tres, aunque los tres estén vendiendo a los mismos 150 puntos de venta que yo conozco de memoria. Es una desconfianza que se ha ido sedimentando durante décadas y que no se resuelve con una reunión ni con un manifiesto.
El problema no es que falten asociaciones. Es que sobran.
Aquí está lo que a mí más me sorprende cuando indago: tenemos un catálogo entero de siglas y ninguna que hable por todos a la vez.
En fabricación y exportación está ANIEME, con más de 40 años de trayectoria y reconocida por el Ministerio de Industria como Entidad Colaboradora de la Administración. Gestiona desde 1988 el Plan Sectorial del Mueble Español junto a ICEX y creó en 2002 la marca «Mueble de España» para proyectar la industria en el exterior. Su logro es real y medible: hoy sostiene la mayor plataforma B2B española del sector, con miles de productos y cerca de 200 marcas presentes en ferias internacionales.
En la industria de la madera está UNEmadera, la confederación que agrupa a dieciséis organizaciones territoriales y subsectoriales —desde Cantabria hasta Galicia, pasando por Aragón, Castilla y León o el País Vasco. Su logro más constante es laboral: es la patronal que se sienta a negociar el convenio del sector con los sindicatos. Pero casi siempre lo hace región por región, no en una mesa nacional única: este mismo año, Fevama ha cerrado su convenio en la Comunitat Valenciana y la Federació de la Fusta i Suro en Illes Balears ha cerrado el suyo, cada uno por separado.
En el comercio minorista está CECOMU, la confederación que aglutina a las asociaciones autónomicas de comerciantes de mueble —de Andalucía a Galicia, de Cataluña a Madrid. Su propio presidente lo ha reconocido públicamente: que como colectivo no siempre ponemos en valor el peso real que tenemos en la economía de cada comunidad y en el conjunto del país. Su logro más visible ha sido una campaña, «¡Qué cambio!», pensada para que el consumidor entienda las ventajas de comprar en la tienda de proximidad frente a otros canales.
Y luego está otro tipo de agrupación que conviene no confundir con las anteriores: las centrales de compra como Europa Muebles o Intermobil, que existen para conseguir mejores condiciones a sus socios, no para representar ni defender al sector en su conjunto. Cumplen su función, y la cumplen bien, pero juegan en otra liga: la del rédito particular de quien se asocia, no la de la interlocución colectiva ante las administraciones.
Cada una de las asociaciones representativas ha conseguido algo real dentro de su parcela: proyección exterior, estabilidad laboral, campañas de imagen. Pero cada logro se ha conseguido desde el fragmento —una región, un eslabón de la cadena— nunca desde el conjunto. Ahí está la prueba, con nombres y apellidos, de que no nos falta estructura asociativa. Nos falta que toda esa estructura se ponga de acuerdo en una sola cosa que pedir.
Lo que pediría, si esa sola cosa la pidiéramos entre todos
No hablo de subvenciones directas a fabricantes ni de ayudas a fondo perdido: de eso ya se ocupa cada patronal, cada una a su escala. Hablo de algo que ninguna ha pedido todavía porque exige que ANIEME, UNEmadera, CECOMU y el resto se sienten en la misma mesa con un único objetivo: un estímulo a la demanda, como el que ya funciona en otros sectores. Un Plan Renove del Hogar que incentive al consumidor a sustituir un colchón con más de ocho años, un sofá deformado o un mueble obsoleto por uno nuevo, con criterios de durabilidad y calidad certificada, financiado con la misma lógica que ya se aplica al frigorífico o al coche.
El argumento no es difícil de defender: pasamos un tercio de nuestra vida sobre un colchón y buena parte del tiempo restante en el sofá, en la mesa donde educamos a nuestros hijos, en los espacios donde se sostiene la vida familiar. Si el Estado considera razonable subvencionar una nevera más eficiente, es al menos igual de razonable estimular la renovación de aquello donde uno duerme, descansa y convive.
Y hay un segundo argumento, menos sentimental: la compra de mobiliario de baja calidad a través de canales que priman el precio sobre el asesoramiento tiene un coste social difuso pero real, en forma de productos que se desechan antes, que no se adaptan a las necesidades reales del comprador y que no pueden corregirse una vez recibidos. El comercio físico, con asesoramiento presencial y prueba directa del producto, sigue siendo insustituible para una compra que se usa a diario durante años. Eso también merecería ponerse en valor con una campaña de país, no solo con esfuerzos aislados de cada marca.
La pregunta que de verdad importa
No es si merecemos ese estímulo —los datos dicen que sí—. Es si estamos dispuestos, comercios, fábricas y comerciales, a dejar de mirarnos como competidores dentro de la misma sala y empezar a mirar juntos hacia la puerta por la que hay que entrar: la de las administraciones que deciden dónde va el dinero público de estímulo al consumo.
Mientras sigamos entrando por separado, seguiremos llegando los últimos.
#ElSectorSinFiltros · Miguel García · MGG Representaciones

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