El precio es solo la mitad de la ecuación (y casi nadie lo entiende bien)
Hay dos tipos de cliente en este sector, y llevo años viéndolos comportarse de forma casi opuesta ante la misma tarifa.
El primero necesita el descuento. No es que le convenga el descuento: lo necesita psicológicamente. Es capaz de perder una tarde entera peleando un 3% adicional, de ir de proveedor en proveedor buscando quién le hace sentir que ha ganado la partida. Para este perfil, el precio final es secundario. Lo que compra, en realidad, es la sensación de haber sido más listo que el vendedor.
El segundo perfil mira distinto. Compara, sí, pero no busca la rebaja: busca el precio final. Ese número que ya incluye todo —transporte, plazos, condiciones— y que le permite decidir sin necesidad de teatro. No negocia por deporte. Negocia cuando hay algo real que ajustar.
Y aquí está el punto que casi nadie pone sobre la mesa: estos dos perfiles no deberían recibir la misma tarifa.
Una lista de precios inflada tiene sentido para el primer cliente. Le das margen de recorte, negocia, se va contento, y tú no has cedido nada que no estuvieras dispuesto a ceder desde el principio. Pero si aplicas esa misma tarifa hinchada al segundo perfil, el que compara con calculadora y sentido común, lo único que consigues es parecer caro o, peor, parecer poco serio. Ese cliente no vuelve a preguntar el precio: se va sin decir nada.
Ahí es donde muchos fabricantes y comerciales se equivocan: tratan el precio como si fuera una variable única, cuando en realidad es una variable relacional. Depende de quién tienes delante y de qué necesita esa persona para sentir que ha comprado bien.
Pero hay algo más importante que casi siempre se nos olvida cuando hablamos de precio: un producto no es solo el número de la etiqueta.
Un producto es tener stock cuando el cliente lo necesita, no cuando a nosotros nos toca reponer. Es entregar en agosto, cuando la competencia ya ha cerrado por vacaciones y el cliente tiene un compromiso que cumplir. Es resolver una incidencia en 48 horas y no en tres semanas de excusas. Es hacer una medida especial que no está en catálogo, adaptar una modificación que se sale del estándar, porque ese cliente concreto tenía una necesidad concreta y tú se la resolviste en lugar de decirle que no era posible.
Todo eso vale dinero. No aparece en la tarifa, pero está ahí, y el cliente racional lo sabe. Por eso compara con calculadora pero decide con cabeza: sabe que un precio más bajo con cero servicio detrás es, en realidad, más caro.
Y aquí llega la parte que más nos cuesta digerir a los que vivimos de vender: ahorrar tres euros en la línea de un pedido puede acabar costándote treinta en desplazamientos, en visitas de vuelta a casa del cliente para arreglar lo que se rompió, en un margen que se evapora reparando lo que nunca debió fallar. Y lo que se rompe con la incidencia no es solo el margen. Es la imagen que ese cliente se lleva de ti, y esa no la recuperas con ningún descuento.
Comprar bien —y vender bien— no es encontrar el número más bajo. Es entender qué hay detrás de ese número. Y eso, por más tarifas que se publiquen, todavía no lo hace ningún algoritmo.
#ElSectorSinFiltros

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