Últimamente todo el mundo tiene una bola de cristal.
La tienda física está acabada. La IA lo va a hacer todo. Los marketplaces y las multinacionales ya han ganado la partida. Lo dicen con una seguridad que da hasta envidia.
Yo no tengo bola de cristal. Lo que sí tengo es la sensación de que esto ya ha pasado otras veces con otros nombres. Los grandes centros comerciales iban a acabar con el comercio de barrio. La venta por catálogo iba a vaciar las tiendas. La televisión iba a matar la radio. Y aquí seguimos. Distintos, más apretados, pero aquí.
Todo va por ciclos. Y en cada ciclo hay dos errores muy fáciles de cometer: despreciar lo nuevo o volverse loco con ello.
Comprar con un clic es comodísimo, no lo discuto. Para unas pilas, un libro o un cargador del móvil, perfecto. Pero un colchón en el que vas a dormir diez años no se elige mirando una foto. En un sofá hay que sentarse, notar si te hundes, tocar la tela y comprobar que el color es el que parecía en la pantalla. Y cuando algo falla, nadie quiere rellenar un formulario. Quiere a alguien que coja el teléfono y se lo solucione.
Somos personas. Necesitamos ver, tocar, preguntar y fiarnos de alguien. Nadie quiere que su pareja sea un holograma o un asistente virtual, por muy bien que conteste. Estamos hechos para relacionarnos de verdad, con los cinco sentidos y con esa intuición que no viene en ninguna aplicación.
Por eso creo que las aguas volverán a su cauce. No al mismo sitio, eso no. Va a costar más esfuerzo conseguir lo mismo que antes. Habrá que conocer mejor el producto, cuidar más al cliente y usar las herramientas nuevas a nuestro favor en lugar de pelearnos con ellas.
Pero competir siempre ha sido esto. Antes de una manera, ahora de otra.
Sin dramas. Atentos para que la corriente no nos arrastre. Y sabiendo que, al final, la gente sigue comprando a la gente.

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